Juan José Cervera
Compró el Falcon a escondidas de su esposa
Juan José Cervera lo mira y se deshace. Abre la puerta y muestra sus lujos, que no son caros, sino exclusivos: "tiene caja de cuarta al piso. Es el único modelo con los espejos en el guardabarros y los indicadores del alternador y de la presión de aceite en el torpedo", explica orgulloso. Y cuando habla de su Falcon Sprint modelo 75 parece aislarse de ese sauna a cielo abierto que el calor y la humedad hacen del parque 9 de Julio. Es que aunque están juntos desde hace más de dos años, parecen no haber superado aún esa etapa de idilio que enloquece a los novios que recién están conociéndose. Es lógico que esto les ocurra: la de ellos es una historia de amor de novela. "Siempre había querido tener un Falcon. El auto estaba a tres cuadras de mi casa y en cuanto lo vi lo compré, pero a escondidas de mi señora", admite Juan José entre risas. "Durante seis meses lo tuve escondido en lo de un amigo hasta que se lo mostré. Al principio ella se enojó y me retó, pero se le pasó enseguida", afirma. A lo largo de estos dos años lo fue armando y lo dejó tal como está ahora: impecable. Juan José es uno de los referentes del Fana Falcon Club filial Tucumán, un club nacional que reúne a los entusiastas de este modelo. El grupo está en Facebook y a la espera de nuevos fanáticos.
José Popolizio
La Chevy le reveló el poder de un seis cilindros
Dice que fue como si el asiento se lo tragara. A medida que la máquina aceleraba, el paisaje de la Mate de Luna se iba desdibujando del otro lado de la ventanilla. En ese momento descubrió que tenía un objetivo en la vida: llegar a ser el dueño de una coupé Chevy algún día. A aquella experiencia reveladora la vivió a los 15 años a bordo del Chevrolet clásico del papá de un amigo. Hoy, a los 24, ya ha cumplido aquella meta: José Popolizio muestra orgulloso su bólido estacionado debajo de un árbol del parque 9 de Julio. El amor por este tipo de máquinas suele ser una herencia familiar. Generalmente (lo afirman casi todos los fanáticos) cada uno adquiere el modelo que les trae recuerdos de la infancia, el que condujo su padre o su abuelo. Pero este no es el caso de José. "Mi abuelo era de Falcon. Pero a mí me gusta más el Chevy, porque fue arriba de un Chevrolet cuando sentí el poder de un seis cilindros", se justifica el referente del Chevy Club Tucumán. Inmediatamente después empieza a describir su cupé modelo 73 y cuenta cómo llegó a sus manos. "Tenía un 147, pero lo manejé seis meses, no más. El día que vi esta Chevy vendí el Fiat para comprarla", se ríe. Enseguida agrega hasta qué punto llega su amor por ella: "prefiero no comprarme ropa y usar esa plata en el auto".
Abel Vallejo
El auto fue protagonista hasta en su casamiento
Abel Vallejo empezó a manejar el Torino que tiene a su lado muchos años ante de que fuera suyo. Era del papá de una compañera de la secundaria que cada tanto se lo prestaba. Aquello ocurrió en Misiones, su provincia natal. "Me vine a estudiar a Tucumán, porque acá tengo familia. Mi viejo terminó comprando el auto y se volvió el juguete de mis vacaciones: me iba a Misiones y me pasaba el verano viajando con él. Cuando me casé, hicimos la ceremonia allá. Con mi mujer salimos de la iglesia en este auto, cargamos los regalos en el asiento de atrás y nos volvimos a Tucumán. En cada control nos paraban, pero no nos pedían ni el carnet. Lo único que querían los gendarmes y los policías era sacarse fotos con el auto", recuerda aún emocionado.
Sebastián Gutiérrez
Le tocó cumplir el sueño de su papá
Cuando habla de la máquina que se roba la gran mayoría de las miradas de la tarde, a Sebastián Gutiérrez se le ensancha el pecho, pero nadie puede calificarlo de engreído. Y si lo fuera, su actitud estaría más que justificada. Es que ser el dueño de un Dodge GTX modelo 74 es razón suficiente para estar orgulloso. Mucho más si esa máquina ha recorrido apenas ¡47.000 kilómetros desde que salió de la fábrica hasta la actualidad! Y si el tapizado original está impecable. Y si el estado de la chapa da envidia. Y si... Las virtudes de esta máquina con motor V8 (el único de este tipo que ruge en la tarde en el parque) pueden seguir enumerándose, pero hay que dejar espacio para la emotividad de la historia. El papá de Sebastián, que ya falleció, se pasó la vida intentando comprarlo. "Era de un vecino tan fanático que jamás quiso venderlo. Mi viejo le hizo un montón de ofertas, pero nunca aceptó. Cuando murió, yo me puse en campaña para comprarlo. Y me tocó a mí seguir con la pasión de mi papá", se emociona. Lo trata como lo que realmente es: una joya que solo sale del garage para ir a exposiciones, actividades como la Marcha o para llevarlo a tomar un café de domingo por la tarde. Ojo: no es el único tesoro de Sebastián. También posee un Chevrolet De Luxe modelo 1951.